El mendigo
June 16th, 2008Hacía tiempo que Mark no viajaba, a pesar de que era una de sus mayores aficiones.
Llevaba una vida, un tanto ajetreada, en la que una compleja combinación entre su trabajo, algún que otro trabajo de os que solía llamar “extracurriculares” y las ambiciosas exigencias de su novia para con su tiempo libre, le exprimían hasta tal punto, que llegaba a considerar en ocasiones (de forma completamente errónea), que sus aficiones eran un lujo y que el ser humano no podía permitirse ese tipo de lujos muy a menudo.
Aquellos 3 días, aprovechando una visita de su novia a sus familiares del pueblo, decidió dedicarse a sí mismo y darse un pequeño homenaje: la carretera, su coche y él. Cogió algunos mapas y antes de salir de casa, esbozó una ruta de lugares que no había tenido la posibilidad de visitar.
Empezó el viaje muy ilusionado, se sentía intrépido, como si estuviera haciendo alguna hazaña y sin embargo, a las dos horas de iniciar el trayecto, empezó a desanimarse poco a poco. Empezó a pensar en lo que se había convertido su vida y en que a sus 33 años, no vivía, ni de lejos, la vida tal y como la había previsto, tal y como la había soñado. Empezó a deprimirse.
Hasta hacía pocos años (los famosos veinti-tantos), era una persona muy dinámica, emprendedora, incluso la gente le solía decir que un poco hiperactiva (aunque él nunca creyó que lo fuera, simplemente necesitaba terminar cada día, cuantas cosas tuviera en mente hacer, eso le hacía sentirse bien, sentirse vivo). Tenía un carácter impactante, no era una persona dura o combativa y sin embargo, la gente le respetaba. Era apreciado por sus amigos, caía bien a casitodo el mundo y era muy muy divertido. Y sobre todas las cosas, era una persona increíblemente optimista, algo que era capaz de transmitir a cuantos le rodeaban, se podría decir que era un optimismo casi contagioso.
Poco a poco, eso fue cambiando. En el trabajo se asentó, dejó de luchar y pasó a conformarse con una cómoda estabilidad. Tras varios años de relación con su novia, él fue cediendo terreno (a pesar de que ambos tenían bastante carácter al principio), hasta que llegó a convertirse en un mero compañero en su relación, sin impulso, sin iniciativa. Se desconectó de su familia y a penas si hablaba con ellos por teléfono y de vez en cuando comía con sus padres, todo, por evitar las molestas discusiones de antaño. Y adornando todo eso, fue perdiendo una gran parte de su personalidad, haciéndose más callado, menos divertido, más pesimista…
Mientras andaba meditando sobre todo esto, sonó un seco estallido y el vehículo se desequilibró, la dirección dejó de responder a sus movimientos de volante con la misma precisión que lo hacía hasta ese momento, empezó a dar bandazos y a penas se mantenía en el camino por el que circulaba. Mark estaba muy nervioso, no sabía como controlar aquella situación, comenzó a frenar como pudo mientras mantenía el vehículo lo más estable que podía. Se acercaba a una curva y no conseguía detener el coche, probablemente había reventado una rueda y no conseguía controlarlo.
Justo antes de esa curva, le alertó la figura de un hombre que estaba sentado en la cuneta, cabizbajo y con ropa un tanto andrajosa. El hombre, para su sorpresa, levantó ligeramente la cabeza, casi sin inmutarse, y la volvió a agachar.
El vehículo, empezó a reducir su velocidad milagrosamente, hasta que finalmente se detuvo, muy cerca del hombre de la cuneta.
Sin despegarse del volante, donde mantenía con fuerza sus manos, prácticamente pegadas a él; miró por la luna delantera y vió desde allí a aquel hombrecillo que no se había movido ni un ápice de su posición inicial. El corazón de Mark latía ahora con fuerza, respiró hondo y esperó unos segundos para tranquilizarse. Cuando lo hubo conseguido, bajó del coche y se dirigió hacia el hombre de la cuneta para interesarse por su estado.
- Disculpe… ¿se encuentra usted bien? Siento si le he asustado, pero parece que reventé un neumático y perdí completamente el control del vehículo. Pensaba que no conseguiría detenerlo.
Con total parsimonia, el hombre de la cuneta, levantó la cabeza para mirarlo, lo examinó de arriba a abajo y mostró una amplia sonrisa.
- Imagino que se dirije a mi.
Mark, confundido, respondió:
- Sí, claro que es a usted, aquí no hay nadie más que nosotros en kilómetros a la redonda… - gesticuló con las manos señalando a su alrededor.
- Bueno, eso no es del todo cierto. En realidad, nunca estamos solos, lo que pasa es que nos puede dar esa falsa sensación. No obstante, sin tener en cuenta este error, en respuesta a su pregunta; no estoy asustado, ¿por qué debería estarlo?
(CONTINUARÁ)
By JH